¿No habéis
visto, algún domingo, al caer la tarde, en cualquier puertecillo
abandonado del
Cantábrico, sobre la cubierta de un negro quechemarín,
o en la borda de un patache, tres o cuatro hombres de
boina que escuchan inmóviles las notas que un grumete arranca
de un viejo acordeón?[...]
¡Oh modestos acordeones! ¡Simpáticos acordeones![...]