A Elena, una niña de unos doce años, le encantaba leer. Leía casi todo lo que caía en sus manos, es decir, de lo más variado. Pero ella no olvidaría jamás lo que le pasó hace cinco años.

Cuando Elena tenía siete años sólo utilizaba los libros para matar pequeños animalitos, y no lo hacía porque hubiera una plaga, sino por placer.


Las hormigas, ya hartas de la matanza, la castigaron a que al primer libro que cogiera se metiera en él, y sólo saldría si encontraba las tres puertas, que la conducirían a su casa.

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