Total
que un día, el gato, cansado de tantas riñas, se fue al
jardín.
Como era verano y hacía mucho calor, se tumbó debajo de
un árbol y cuando estaba quedándose dormido se levantó
sobresaltado al notar unos cosquilleos por la espalda. Al lado de una
de sus patas estaba una
que pedía atemorizada:
-¡No me comas por favor...!
El gato la tranquilizó diciéndola que no la iba a hacer
daño.
Al cabo del tiempo se hicieron muy amigos, tanto que se enamoraron.
Pero, por el bien de los dos, decidieron no decir nada a nadie, pero
eso sí, el gato se fue a vivir al árbol para estar más
cerca de su querida
.
Cuento
e ilustración de Carmen G. 6º E.P.